“Quienes pusimos la semilla de este enorme árbol fuimos Francisco Kerdel Vegas, Alberto Guinand Baldó y yo.
Era el año 1963, el Dr. Kerdel Vegas, quien es mi cuñado, me llamó el día 19 de marzo de 1963, ¿por qué me acuerdo? Porque era el día de San José y era día de fiesta aquí en Venezuela. Como a las 10:30 de la mañana me llama Francisco (Kerdel Vegas) y me dice: ¿por qué no nos vamos a la Universidad Católica a hablar? Le dije: yo te acompaño, vámonos. Salimos y nos fuimos y llegamos a la esquina de Jesuitas donde había estado el colegio San Ignacio y allí estaba funcionando la UCAB. Francisco (Kerdel Vegas) parece que había hablado con el padre Reyna, esa parte si no la sé yo, porque yo sé que llegamos allá y el padre Goicoechea -que era el rector de la universidad- nos recibió muy amablemente.
Yo le eché el cuento, entre los dos hablamos, el padre se mostró muy interesado en una facultad de medicina, pero después nos tumbó las alas porque dijo: desearía muchísimo tener una facultad de medicina, pero no tenemos hospital, ni la posibilidad de tener un hospital, y una facultad de medicina sin hospital es prácticamente imposible.
Bueno, salimos Francisco (Kerdel Vegas) y yo y en ese momento que venimos en el automóvil salimos de allí, le digo: oye, Francisco, voy a llamar a Alberto, Alberto Guinand, él puede tener idea, es como un hermano mío y estudiamos juntos toda la carrera.
Bueno, llamo a Alberto (Guinand) y le echo el cuento. Y le digo: un hospital, yo me pregunto, dónde, cuándo y cómo, y no veo las respuestas. Entonces me dice Alberto (Guinand): mira, allí en La Trinidad, ese lugar es de la familia González Rincones y mi tío Pedro -que el tío Pedro era el profesor de radiología de la UCV, ahí arriba en el Vargas- y nosotros, como era el tío de Alberto (Guinand), pues le llamábamos también “el tío Pedro” …
A los días me llama Alberto (Guinand) y me dice: mira, el tío Pedro ha hablado con la familia y el señor don Carlos Klemprer, quien fue un hombre maravilloso y a quien le tengo un gran cariño y aprecio, dijo que sí, la familia está con el deseo de hacer la donación. Yo no sabía que había problemas como dice ahí Francisco (Kerdel Vegas), pero de esa parte no me acuerdo yo…
Pero resulta que nosotros quedamos con los ojos abiertos. Primero, esa tierra es muy buena, eso está muy bien ubicado en la ciudad de caracas. Y ahora: los reales, faltan los reales para hacer el hospital. Francisco (Kerdel Vegas) dice: mira, por qué no pedimos una cita con don Eugenio Mendoza, quiero aclarar, Pablo (Pulido) estaba todavía en Boston, no había venido, estaba terminando los estudios en Boston, entonces don Eugenio nos da una cita y vamos a hablar con él, le explicamos todo esto de la escuela de medicina privada de alta calidad académica y tecnológica para que se pudiera ver cómo se podía hacer, porque la tierra está en proceso de donación y se necesita capital para empezar todo esto y hacerlo.
Don Eugenio, que era un hombre maravilloso, él dijo sí, inmediatamente se entusiasmó con la idea, y me dijo: vamos a poner un día, porque yo quiero ir a ver la tierra. Coordinamos un sábado, eso sí, ya no me acuerdo la fecha. Un sábado por la mañana nos reunimos en el Club Germania, que estaba ahí donde queda la Procter. Llegó don Eugenio con su comitiva, el padre Reyna, una fotografía que hay por ahí en la que aparezco yo también. Bueno, él vio los terrenos, estuvimos conversando y fue cuando dijo: vamos a echar esto adelante.
Se empezó entonces a hacer toda la gestión para ver cómo era el trámite.
En eso regresó Pablo (Pulido) de Estados Unidos, que fue una contribución maravillosa porque él hizo muchísimo trabajo, muy bueno, y a él se le debe mucho también de esta institución. Él regresó, pero ya había terreno y había un compromiso para empezar a hacer una obra y, fundamentalmente, el principio que hemos tenido los fundadores que era que lo primero que había que hacer era un hospital.
Pasó el tiempo, se creó la Asociación Civil La Trinidad. Se crearon el grupo de miembros fundadores, invitamos a don Carlos Klemprer, nos reunimos y empezamos a ver cómo era la cosa. Yo estaba en la Junta Directiva, tenía unos cuantos años en la Junta Directiva, y mantuve siempre un punto: “mientras no haya un hospital, no puede haber una escuela de medicina”, porque sin hospital una escuela de medicina no puede funcionar en ninguna parte del mundo. Bueno, se empezaron a construir unos edificios, etc., etc., yo mantuve mi punto, no me acuerdo ahorita, creo que estuve por 14 años en la Junta Directiva, y siempre mantuve mi punto: se necesita primero que todo el hospital.
Bueno, yo abrí la consulta de Otorrinolaringología, pero ya yo tenía una institución muy montada, nuestra Fundación Venezolana de Otología, yo me ocupé solamente de oídos, no hice las demás (las demás especialidades). Y la fundación, aunque muy pequeña, porque era la contribución de unos cuantos pacientes que recibieron de mi parte el beneficio de recuperar su audición y corregir su problema, ya yo no la podía dejar completamente. Hablé con Pablo (Pulido) y le dije: bueno, Pablo, vamos a ver si se puede incorporar nuestra fundación acá, pero eso se complicaba, era muy difícil, muy complicado, y entonces no se dio.
Yo estuve aquí haciendo consulta con las condiciones de que todo lo que produjera la consulta que le quedaba a La Trinidad y que podía pasar, yo le había pedido a mis fellows que venían conmigo, pero que todo ese dinero era una donación a la Fundación Venezolana de Otología. Así siguieron las cosas.
Pablo (Pulido) vino, yo tenía una buena amistad con el doctor Antonio Mogollón porque en el Hospital Universitario hicimos él y yo la primera inyección que fuera directamente a un área del cerebro que se llama la cisterna pontina y ahí, en ese lugar en la región del ángulo pontocerebeloso, se acumulaba el contraste. Yo venía de formarme en Estados Unidos, nunca se había hecho en el país y lo hicimos, literalmente conseguimos el tumor.
Bueno, Antonio (Mogollón) me acompañó mucho en todas esas aventuras, a mí me costó mucho trabajo operar el primero, pero yo fui el primero en operar a través del oído un tumor del nervio de la audición en el cerebro.
Después siguieron las cosas, yo seguí viniendo a La Trinidad, pero ya después yo no podía abandonar lo que estaba ahí, ya mi hijo se graduaba porque seguía mis pasos y yo dije: “yo no puedo dejar esto solo” y dejé a mis discípulos que sigan en La Trinidad en la consulta. Yo no puedo seguir porque no podía atender las dos cosas a la vez, pero yo tengo la persona, lo voy a recomendar mucho, que es el doctor Antonio Mogollón, entonces hablé con Antonio.
Le dije: “vente”. Él estaba medio reacio, le dije: vente para La Trinidad, te va a ir muy bien”, y él se vino para acá.
Bueno, todo ese cuento es para decirles, pues, que realmente la semilla que hizo crecer este árbol la plantamos el Dr. Kerdel Vegas, el Dr. Alberto Guinand Baldó y yo, Edgar Chiossone Lares. Quería, pues, dejar esto porque lo demás que ya sigue es cuento conocido de todos, ya saben lo que pasó aquí, cómo creció esto y cómo llegó. Y yo estoy muy feliz de haber podido estar con ustedes hoy y les agradezco mucho el tiempo que han tomado para oírme este testimonio, porque soy el único que queda y estuvo allí.
